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A dos años de su partida



Por Elsa Ramírez

Don Faustino Ramírez Rodríguez (Q.D.D.G.), nació iniciando la década de los 30´s  del pasado siglo, un 23 de diciembre  en un pequeño caserío, hoy aldea de San Marcos de Colón, en la cálida y hospitalaria región sur, correspondiente al departamento de Choluteca, territorio adyacente al Mar Pacífico del país.

Don Tino, como cariñosamente se le llamó, había alcanzado un nivel autodidáctico de sorprendentes resultados, que lo llevaron hasta la Jefatura de uno de los más importantes departamentos del Instituto Geográfico Nacional (IGN), institución del Estado a la que consagró cerca de medio siglo de su fructífera existencia y de la que egresó, solo cuando por obligación, tuvo que incorporarse al sistema de jubilaciones y pensiones que el gobierno otorga a sus empleados y ex empleados que han llegado a la edad reglamentaria para engrosar la legión de tales personajes, recibiendo una pensión decorosa, con la cual terminó sus últimos días.
Pero, Don Faustino, por su enorme calidad humana y elevado espíritu de solidaridad, durante su vivencia en la emblemática Colonia 21 de Octubre, de Tegucigalpa, llegó a convertirse no en un líder, ni político, ni religioso, ni deportivo, sino más bien, en un patriarca, ya que todo el mundo lo admiraba, lo respetaba y le amaba porque él, siempre estuvo presto al servicio de los demás, jamás expresó la palabra NO, cuando su casa era visitada por alguien en busca de auxilio o de un favor, para calmar cualquier situación difícil que en su hogar se presentara. Le caracterizó siempre el don de la reconciliación, pues cuando una pareja estaba a punto de separarse o divorciarse, él actuaba inmediatamente como buen conciliador y después de largos ratos de conversaciones terminaba su humanitaria labor reconciliándolos.

Por otro lado, es menester recalcar el hecho de que su vivienda permanentemente se vio envuelta con el calor de parientes cercanos y lejanos suyos, ya que siempre su hospitalario espíritu familiar le señalaba un rincón para los que buscaban posada, viniendo de diferentes poblaciones del exterior de la capital e incluso, de otros países.  Su casa siempre estuvo abierta para el calor humano y eso lo hacía inmensamente feliz, aunque a veces contrariaba a algunos miembros de su numerosa familia porque su hospitalidad era tan grande, que hasta se despojaba de su propia cama para cedérsela a sus huéspedes gratuitos, compartiendo también su alimento diario, y todo lo que en esa casa se consumía.
Ese don de servicio al prójimo,  lo llevó al sepulcro con una sonrisa dibujada en su rostro, algo así como satisfecho del deber cumplido durante su permanencia en este valle de lágrimas; así lo remarcaron las personas que acudieron a su velatorio, y le dieron el último adiós frente a la caja mortuoria, que llevó sus restos mortales hasta el sepulcro.
Este gran personaje fue mi padre (Q.D.D.G.), a quien tanto amé,  falleció el 17 de octubre de 2009, fecha dolorosamente triste, que dejó un vacío inmenso, difícil de llenar,  papi, nunca lo olvidaré.

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